'17 SEÑALES DE ENAMORAMIENTO'DIECISIETE: Siempre que ves su foto te quedas mirando sus ojos. DIECISEIS: Cuando cuelgas después de hablar con el/ella extrañas la conversación con esa especial aunque hayan pasado solo 2 minutosQUINCE: Siempre miras sus mensajes de texto o e-mail una y otra vez.
CATORCE: Siempre andas lento cuando vas con el/ella.TRECE: Siempre te sientes tímida/o a su lado. ONCE: Cuando piensas en el/ella, tu corazón va rápido y lento al mismo tiempo.DIEZ: Sonríes cuando escuchas su voz NUEVE: Cuando lo/la ves, no puedes ver a nadie más porque Todo lo que ves es el/ella.OCHO: Empiezas a escuchar música suave cada vez que piensas en el/ella.SIETE: El/Ella es lo único que piensas SEIS: Te pones muy feliz cada vez que reconoces su olor. CINCO: Siempre te sonríes a ti misma (o) cuando piensas en el/ella. CUATRO: Harías cualquier cosa por el/ella o por verlo (a). TRES: Cuando has leído este mensaje, solo una persona estaba en tu mente todo el tiempo...DOS: Estabas tan entretenido pensando en esa persona que no notaste el numero doce.UNO: Acabas de subir para ver lo del numero 12 y ahora estas riéndote silenciosamenteAhora, pide un deseo, sabes que quieres.
En todas las épocas ha existido la preocupación por la formación integral de las personas, por la búsqueda de ser mejores cada vez mas. Esto se conoce como CRECIMIENTO HUMANO.
Un enfoque del Crecimiento Humano tienen que ver con la interioridad del hombre y su Sentido de la Vida, pero fundamentalmente con los Valores. Aunque para muchos el tema del "crecimiento humano" es tomado como una simple manera de obtener ingresos económicos y por tanto llegar a un grupo de consumidores, por ejemplo, con las grandes cantidades de libros sobre el tema que en muchas ocasiones tienen como propósito atender un mercado de consumidores ávidos de orientación para sus vidas.
Por el contrario, la importancia de trabajar éstas dimensiones del ser humano, deben partir del interés por aportar elementos que le permitan salir adelante, motivar a la reflexión, fortalecer enfoques auténticos, que respondan a un lógica natural, y permitan avanzar por el camino de la verdad.
Para ilustrar una manera consumista, o mercantilista de abordar la problemática humana, que siempre se ha dado, pues la necesidad de crecimiento humano es inherente al ser humano, podemos ver esta cita de Platón donde hacía una crítica a las pretensiones de sólo producir negocio con la problemática de los demás:
“...aquellos que pregonan las mercancías de la sabiduría recorriendo las ciudades y vendiéndolas a cualquier cliente que tenga necesidad de ellas, las alaban a todas por igual, aunque no me sorprendería, ¡oh amigo mío! Que muchos de ellos ignoren realmente su efecto sobre el alma y que sus compradores igualmente lo ignoren… Detente y no arriesgues tus más queridos intereses en un juego de azar. Es una aventura mucho mayor comprar sabiduría que comprar carne o bebida…” (Platón, Protágoras).
A tales llamamientos se sumaba San Agustín de Hipona, con su explicación de lo que para él significó vivir en carne propia el ser un traficante de “sabiduría”:
“Por aquellos años enseñaba yo la retórica. El amor al dinero me seducía y me hacía vender a los demás una palabrería llena de triunfos” (SAN AGUSTIN. “Confesiones”).
En la actualidad los estantes de las librerías están llenos de ofertas de libros de "autoayuda", "crecimiento personal" y entre ellos pueden observarse gran cantidad de "profetas" que plantean sus "leyes del éxito", "de la vida", "del amor", "la eterna juventud", etc.
Cualquier problema que aborde el ser humano debe contener la seriedad necesaria para que esa materia prima (la persona), no se vea desdibujada y utilizada de manera peligrosa.
Todos aquellos que tienen un interés altruista, y de manera particular las profesiones que tienen como elemento fundamental el hombre, deben estudiar con detenimiento el tipo de concepciones y tesis que promueven. Esto es válido para todos, incluso para las religiones.
El cristianismo, por ejemplo señala frases de la Biblia que llaman la atención acerca de los falsos profetas: “...no seremos como niños, que cambian fácilmente de parecer y que son arrastrados por el viento de cualquier nueva enseñanza hasta dejarse engañar por gente astuta que anda por caminos equivocados” . EFESIOS 4, 12-16
En cuanto al Crecimiento tiene especial significación lo referente a Valores Humanos y su enfoque. Hace mucho tiempo que los comerciantes del crecimiento han visto en los Valores Humanos un importante caballo de batalla, y obviamente, cuando la teoría sobre lo humano se toma prioritariamente con afán mercantil, entonces se invierten las escalas de valores y se acomodan al antojo, relativizándolos.
Humanet Ltda quiere llamar a reflexionar sobre los VALORES HUMANOS porque entendemos que éstos no están en crisis, está en crisis gran parte de la sociedad, la familia y las personas.
Y precisamente, una de las razones por las cuales se genera confusión en torno al tema de los Valores humanos, ha sido su relativización, tema que abordaremos con detenimiento en diferentes escritos.
El hombre es un puente entre el mundo del espíritu y el de la materia (por supuesto, cuando nos referimos al «hombre» designamos a todos los componentes del género humano, varón y hembra).
El alma del hombre es espíritu, de naturaleza similar al ángel; su cuerpo es materia, similar en naturaleza a los animales. Pero el hombre no es ni ángel ni bestia; es un ser aparte por derecho propio, un ser con un pie en el tiempo y otro en la eternidad. Los filósofos definen al hombre como «animal racional»; «racional» señala su alma espiritual, y «animal» connota su cuerpo físico.
Sabiendo la inclinación que los hombres tenemos al orgullo y la vanidad, resulta sorprendente la poca consideración que damos al hecho de ser unos seres tan maravillosos. Sólo el cuerpo es bastante para asombrarnos. La piel que lo cubre, por ejemplo, valdría millones al que fuera capaz de reproducirla artificialmente. Es elástica, se renueva sola, impide la entrada al aire, agua u otras materias, y, sin embargo, permite que salgan. Mantiene al cuerpo en una temperatura constante, in dependientemente del tiempo o la temperatura exterior.
Pero si volvemos la vista a nuestro interior, las maravillas son mayores aún. Tejidos, membranas y músculos componen los órganos: el corazón, los pulmones, el estómago y demás. Cada órgano está formado por una galaxia de partes como concentraciones de estrellas, y cada parte, cada célula, dedica su operación a la función de ese órgano particular: circulación de la sangre, respiración del aire, su absorción o la de alimentos.
Los distintos órganos se mantienen en su trabajo veinticuatro horas al día, sin pensamientos o dirección conscientes de nuestra mente y (¡lo más asombroso!), aunque cada órgano aparentemente esté ocupado en su función propia, en realidad trabaja constantemente por el bien de los otros y de todo el cuerpo.
El soporte y protección de todo ese organismo que llamamos cuerpo es el esqueleto. Nos da la rigidez necesaria para estar erguidos, sentarnos o andar. Los huesos dan anclaje a los músculos y tendones, haciendo posible el movimiento y la acción. Dan también protección a los órganos más vulnerables: el cráneo protege el cerebro, las vértebras la médula espinal, las costillas el corazón y los pulmones. Además de todo esto, los extremos de los huesos largos contribuyen a la producción de los glóbulos rojos de la sangre.
Otra maravilla de nuestro cuerpo es el proceso de «manufacturación» en que está ocupado todo el tiempo. Metemos alimentos y agua en la boca y nos olvidamos: el cuerpo solo continúa la tarea. Por un proceso que la biología puede explicar pero no reproducir, el sistema digestivo cambia el pan, la carne y las bebidas en un líquido de células vivas que baña y nutre constantemente cada parte de nuestro cuerpo. Este alimento líquido que llamamos sangre, contiene azúcares, grasas, proteínas y otros muchos elementos. Fluye a los pulmones y recoge oxígeno, que transporta junto con el alimento a cada rincón de nuestro cuerpo.
El sistema nervioso es también objeto de admiración. En realidad, hay dos sistemas nerviosos: el motor, por el que mi cerebro controla los movimientos del cuerpo (mi cerebro ordena «andad», y mis pies obedecen y se levantan rítmicamente), y el sensitivo por el que sentimos dolor (ese centinela siempre alerta a las enfermedades y lesiones), y por el que traemos el mundo exterior a nuestro cerebro a través de los órganos de los sentidos, vista, olfato, oído, gusto y tacto.
A su vez, estos órganos son un nuevo prodigio de diseño y precisión. De nuevo los científicos -el anatomista, el biólogo, el oculista- podrán decirnos cómo operan, pero ni el más dotado de ellos podrá jamás construir un ojo, hacer un oído o reproducir una simple papila del gusto.
La letanía de las maravillas de nuestro cuerpo podría prolongarse indefinidamente; aquí sólo mencionamos algunas de pasada. Si alguien -pudiera hacer un recorrido turístico de su propio cuerpo, el guía le podría señalar más maravillas que admirar que hay en todos los centros de atracción turística del mundo juntos.
Y nuestro cuerpo es sólo la mitad del hombre, y, con mucho, la mitad menos valiosa. Pero es un don que hay que apreciar, un don que hemos de agradecer, la ,habitación idónea para el alma espiritual que es la que le da vida, poder y sentido.
Como los animales, el hombre tiene cuerpo, pero es más que un animal. Como los ángeles, el hombre tiene un espíritu inmortal, pero es menos que un ángel. En el hombre se encuentran el mundo de la materia y el del espíritu. Alma y cuerpo se funden en una sustancia completa que es el ente humano.
El cuerpo y el alma no se unen de modo circunstancial. El cuerpo no es un instrumento del alma, algo así como un coche para su conductor. El alma y el cuerpo han sido hechos la una para el otro. Se funden, se compenetran tan íntimamente que, al menos en esta vida, una parte no puede ser sin la otra.
Si soldamos un pedazo de cinc a un trozo de cobre, tendremos un pedazo de metal. Esta unión sería la que llamamos «accidental». No resultaría una sustancia nueva. Saltaría a la vista que era un trozo de cinc pegado a otro de cobre. Pero si el cobre y el cinc se funden y mezclan, saldrá una nueva sustancia que llamamos latón. El latón no es ya cinc o cobre, es una sustancia nueva compuesta de ambos. De modo parecido (ningún ejemplo es perfecto) el cuerpo y el alma se unen en una sustancia que llamamos hombre.
Lo íntimo de esta unión resulta evidente por la manera en que se interactúan. Si me corto en un dedo, no es sólo mi cuerpo el que sufre: también mi alma. Todo mi yo siente el dolor. Y si es mi alma la afligida con preocupaciones, esto repercute en mi cuerpo, en el que pueden producirse úlceras y otros desarreglos. Si el miedo o la ira sacuden mi alma, el cuerpo refleja la emoción, palidece o se ruboriza y el corazón late más aprisa; de muchas maneras distintas el cuerpo participa de las emociones del alma.
No hay que menospreciar al cuerpo humano como mero accesorio del alma, pero, al mismo tiempo, debemos reconocer que la parte más importante de la persona completa es el alma. El alma es la parte inmortal, y es esa inmortalidad del alma la que liberará al cuerpo de la muerte que le es propia.
Esta maravillosa obra del poder y la sabiduría de Dios que es nuestro cuerpo, en el que millones de minúsculas células forman diversos órganos, todos juntos trabajando en armonía prodigiosa para el bien de todo el cuerpo, puede darnos una pálida idea de lo magnífica que debe ser la obra del ingenio divino que es nuestra alma. Sabemos que es un espíritu. Al hablar de la naturaleza de Dios expusimos la naturaleza de los seres espirituales.
Un espíritu, veíamos, es un ser inteligente y consciente que no sólo es invisible (como el aire), sino que es absolutamente inmaterial, es decir, que no está hecho de materia. Un espíritu no tiene moléculas, ni hay átomos en el alma.
Tampoco se puede medir; un espíritu no tiene longitud, anchura o profundidad. Tampoco peso. Por esta razón el alma entera puede estar en todas y cada una de las partes del cuerpo al mismo tiempo; no está una parte en la cabeza, otra en la mano y otra en el pie.
Si nos cortan un brazo o una pierna en un accidente u operación quirúrgica, no perdemos una parte del alma. Simple. mente, nuestra alma ya no está en lo que no es más que una parte de mi cuerpo vivo. Y al fin, cuando nuestro cuerpo esté tan decaído por la enfermedad o las lesiones que no pueda continuar su función, el alma lo deja y se nos declara muertos. Pero el alma no muere. Al ser absolutamente inmaterial (lo que los filósofos llaman una «sustancia simple»), nada hay en ella que pueda ser destruido o dañado. Al no constar de partes, no tiene elementos básicos en que poder disgregarse, no tiene modo de poder descomponerse o dejar de ser lo que es.
No sin fundamento decimos que Dios nos ha hecho a su imagen y semejanza. Mientras nuestro cuerpo, como todas sus obras, refleja el poder y la sabiduría divinos, nuestra alma es un retrato del Hacedor de modo especialísimo. Es un retrato en miniatura y bastante imperfecto. Pero ese espíritu que nos da vida y entidad es imagen del Espíritu infinitamente perfecto que es Dios. El poder de nuestra inteligencia, por el que conocemos y comprendemos verdades, razonamos y deducimos nuevas verdades y hacemos juicios sobre el bien y el mal, refleja al Dios que todo lo sabe y todo lo conoce. El poder de nuestra libre voluntad por la que deliberadamente decidimos hacer una cosa o no, es una semejanza de la libertad infinita que Dios posee; y, por supuesto, nuestra inmortalidad es un destello de la inmortalidad absoluta de Dios.
Como la vida íntima de Dios consiste en conocerse a Sí mismo (Dios Hijo) y amarse a Sí mismo (Dios Espíritu Santo), tanto más nos acercamos a la divina Imagen cuanto más utilizamos nuestra inteligencia en conocer a Dios -por la razón y la gracia de la fe ahora, y por la «luz de gloria» en la eternidad-; y nuestra voluntad libre para amar al Dador de esa libertad.
Ser egoísta es vivir por y para uno mismo, pensado únicamente en el propio bienestar, aunque ello implique algún tipo de perjuicio para las otras personas.
¿De dónde viene el egoísmo? El egoísmo es el resultado de una educación que no ha promovido la seguridad y la confianza. Las personas egoístas se han visto "obligadas" a pensar sólo en ella misma, porque su ambiente no le ha permitido aprender que pueda apoyarse en los demás y ayudar y ser ayudado.
Las conductas egoístas son típicas de la infancia. Entre los dos y los siete años estamos ante la etapa denominada "egocentrismo intelectual", donde los niños son incapaces de adoptar puntos de vista diferentes al suyo. A partir de esta edad, los niños son capaces de compararse con los demás y adoptar puntos de vista distintos y, si se da el ambiente apropiado de confianza y cariño, esta etapa se supera sin dificultad.
¿Qué hacer para superar el egoísmo?
Pensar en las consecuencias que puede tener nuestro comportamiento antes de actuar, tanto para nosotros mismos como para los demás. Si son negativas o hacen daño, es mejor comportarse de otro modo.
Realizar ejercicios que favorezcan la empatía y el coger otros puntos de vista. Cuando escuches a otras personas, intenta ponerte en su lugar y entender sus verdaderas motivaciones.
Descubrir cómo la gente puede ser feliz si piensa en los demás.
No quedarse con las experiencias negativas que has tenido con otras personas y fortalecer los pensamientos positivos. Convéncete de que no tienes que comportarte con los demás de la misma manera que se han portado contigo.
¿Qué hacer con las personas egoístas?
Dejarles bien claro que no van a manipularnos. Es importante no entrar en su juego, y si a toda costa desean hacernos daño, lo mejor es separarse de ellas. Una persona que se enfada continuamente porque no hacemos lo que egoístamente nos pidió, no nos quiere demasiado.
Favorecer los valores de colaboración, respeto, cooperación y tolerancia, sobre todo en el caso de los niños y los jóvenes.
Aceptar el egoísmo pasajero que pueden sufrir tus seres queridos, pero "contraatacar" expresando también tu punto de vista. Si una persona está enferma y reclama continuamente atención para que no la dejes sola, hazle ver que tú necesitas otras cosas y que cuanto mejor estés más fácil será que puedas cuidarla y atenderla como se merece.
La psicología nos aporta condiciones necesarias en toda persona que quiere ser feliz. Lógicamente en unas personas estará más presente un elemento que otro, pero todos estos puntos tienen una importancia grande.
¿Por qué no intentamos entre todos hacer presente estas condiciones en nuestra vida y en las de nuestra comunidad?
Para una buena higiene mental hay que tener muy presente estos elementos:
Toda persona debería mantener una relación de plena confianza al menos con otra persona. En esta relación el individuo debe tener libertad para comentar sus problemas y preocupaciones, además de los temores.
La persona debe procurar conocer los motivos fundamentales que tiene en su vida, y satisfacerlas según sus posibilidades.
La persona debe mantener su salud física como fundamento de su estabilidad mental.
La persona debe procurarse tiempo suficiente para el descanso.
La persona debe ante los problemas de la vida ver las cosas con serenidad. Observar el problema y analizarlo.
La persona debe esforzarse porque tanto el curso del día como el conjunto de su vida, transcurra según un plan elaborado por ella misma.
La persona debe procurar valorar sus propias capacidades de la manera más realista posible y no tener esperanza exagerada y poco realista frente a sí mismo.
El humor sigue siendo una de las principales condiciones de la salud mental.
Es momento de evaluar y reparar. ¿Por qué no nos detenemos a pensar cómo mejorar en los pequeños detalles de la vida cotidiana para hacerla más amable tanto a la gente que nos rodea como a nosotros mismos?
He aquí una lista de acciones sugeridas por Francisco Rodríguez Barragán.
Saludar y sonreír a las personas con las que nos encontramos en el ascensor o la escalera.
No arrojar al suelo papeles, envolturas, colillas, chicles.
No hablar por celular en el cine, conciertos, conferencias y teatros.
Dar las gracias a quien nos atiende en el supermercado, en la oficina pública, en el centro de salud, en los restaurantes, etc.
Decir ‘por favor’ siempre que solicitemos un servicio.
No gritar, ni hablar a voces.
Hacer bien nuestro trabajo, con honestidad y dedicación.
No dejar en la calle los excrementos de nuestro perro.
Evitar ruidos innecesarios o molestos.
No aparcar en doble fila.
Cumplir nuestro horario de trabajo con exactitud.
Poner interés en resolver los problemas que nos planteen las personas a quienes debamos atender.
Respetar las reglas del tráfico.
No insultar a otros conductores.
Ceder el asiento o la acera a las personas mayores.
Respetar los árboles y los jardines y enseñar a nuestros niños a hacerlo.
Evitar comentarios desfavorables sobre los demás.
Utilizar el mobiliario urbano con tanto cuidado o más que el de nuestra casa.
Reclamar nuestros derechos con firmeza, pero con buenos modos.
Agradecer a quien nos sirven por su dedicación.
Alabar sinceramente las realizaciones de los que nos rodean.
Todas estas cosas y otras más son cosas fáciles de hacer, que no requieren de cualidades excepcionales, pero son el entrenamiento necesario para que sean posibles y creíbles otros gestos y compromisos de más envergadura.
Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado. Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo. No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando se encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos. Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piltrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesterosa de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación. No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderio ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró: —Tiene cara de llamarse Esteban. Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jóvenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas. —¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro! Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento. Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamayo en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban. Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se dis???ban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas: miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.
El por qué de las descerebradas.Por Emilio Manjarrez Yánez[1]Muchas personas piensan que cualquiera que trabaja en el mundo del espectáculo ya sea -actuación, modelaje, e incluso cantante- es un descerebrado, engreído, pedante, fantasioso, ocioso, entre muchos otros calificativos que lo que hacen es devaluar o caracterizar este tipo de personas por su profesión. A mi parecer, es algo que desacredita tanto una profesión como nuestra forma de pensar, debido a que, por el solo hecho de que una persona este en el mundo del espectáculo no deja de ser como un ser cualquiera, que piensa, vive y siente como todos los demás; por otro lado se esta juzgando sin conocer a la otra persona, sin dar por lo menos una oportunidad de conocerla como realmente es. Un ejemplo de todo lo anteriormente expuesto, es que, las mujeres-actrices y modelos- son unas DESCEREBRADAS, FANTASIOSAS, ARTIFICIALES, Y SOBRE TODO UNAS PÉRDIDAS. Por otro lado, de los hombres se dice que algunos son HOMOSEXUALES, CONSUMEN DROGAS Y TODO TIPO DE VICIOS Y QUE SON UNOS DEPRABADOS. En general, de cualquier persona que viva del espectáculo, siempre se tiende o se va a tender a pensar lo peor. En realidad mi intención no es la de ofender a nadie, esto, es lo que mucha gente cree o piensa. como dicen por allí: “cría fama y acuéstate a dormir…
[1] Estudiante de II semestre de lic. En españolde la universidad de Córdoba.